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José Luis Ibáñez: un maestro que hacía de los clásicos un teatro esplendoroso de vida

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Hoy así, sin más nada, me entero de tu adiós. Un aluvión de recuerdos me asalta. La vida cuando ha sido importante al lado de alguien apenas alcanza a atisbar la certidumbre, sólo sientes el dolor de la ausencia presente y que se convertirá en memoria formativa y de los dentros.
Te conocí en clase en ese «Teatro Wagner» de la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM. Yo recién llegado de mi provincia de Torreón. Te saludé: «¿Cómo está maestro José Luis?», me viste y con una sonrisa me dijiste: «no me hables de usted, dime José Luis». Yo tenía 20 años pero sabía de tu enorme presencia teatral. Unos meses antes había visto tu célebre montaje de «La Fierecilla Domada», de Shakespeare para Teatro de la Nación, en el querido Teatro Hidalgo.
Indudablemente mi amor irrefrenable al teatro encontró hondo cauce con tu saber. Shakespeare y Tirso dieron rumbo a mi vida en aquel curso de actuación de un año dentro de la carrera de Literatura Dramática y Teatro. Aquí dentro de mí tengo tu sonrisa, tus aplausos y besos que nos mandabas a mi compañero Raul Zúñiga y a mí cuando cumplíamos 100 representaciones en la duela del Teatro Hidalgo. Cómo olvidar cuando nos presentaste a nuestros padrinos de develación: Silvia Pinal y Don Ignacio López Tarso. Cómo no enamorarme del teatro llevado de tu mano siendo un provincianito de tan sólo 20 años. Hoy no puedo escribir más José Luis es demasiado pronto. Dejaré este escrito que te dediqué en mi libro «Historias de Actores (un recorrido por el mundo teatral y cinematográfico), ese libro sin tu huella indeleble y fugitiva no hubiera sido posible. ¡Dios te guarde siempre José Luis, en mi memoria siempre lo estarás!

«José Luis Ibáñez: Un maestro que hacía de los clásicos un teatro esplendoroso de vida.»
Hablar del director teatral y maestro de actores José Luis Ibáñez, son palabras mayores.
Un padre del teatro moderno, junto a otros revolucionarios de la puesta en escena, en aquel grupo llamado: “Poesía en Voz Alta”. Quijotes atrevidos al cambio como: Héctor Mendoza, Juan José Gurrola, José Luis Ibáñez, en la dirección escénica. Octavio Paz, Juan José Arreola, Elena Garro, Juan García Ponce, Carlos Fuentes, y muchos más en aportes dramatúrgicos hacia una nueva visión del teatro.
De José Luis, tuve el privilegio de ser su alumno, en segundo año de actuación en la carrera de Literatura Dramática y Teatro de la UNAM. Un auténtico agasajo para la sensibilidad naciente en un aprendiz. Dos textos vimos en el año de formación: “Otelo” del gran Shakespeare y “ El Burlador de Sevilla” de Tirso de Molina. Los grandes conceptos dramáticos tenían que ser expuestos escénicamente por parte del actor. Cómo olvidar aquel monólogo de Otelo ante el senado. Las escenas del diabólico “Yago”, sus monólogos, aquella escena con el teniente Casio. La escena de la muerte de Otelo a Desdémona. Las grandes escenas del Don Juan en el burlador de Sevilla. Cómo olvidar aquel monólogo del ofendido y burlado campesino «Batricio» : «Celos, reloj de cuidados, que a todas las horas dais, tormentos con que matáis, aunque andéis desconcertados». Gran práctica de expresión emotiva para un actor. José Luis, hacía mucho hincapié en cómo se iban a decir las cosas. En cómo exponer corporalmente una idea, un sentimiento. La forma era importante. La exposición correcta traería una emoción al ejecutante. Esa era la escuela de José Luis Ibáñez. Un portento para dejarte ver en claro qué quería decir una frase. No hablemos del verso clásico de los siglos de oro, donde el maestro te enseñaba a decir con propiedad de reglas, la métrica de aquellos textos. “Para qué quiero enseñarlos a sentir si cuando estén en un escenario no van a saber ni abrir una puerta”, decía enfático José Luis en clase. La manera de estar adecuadamente en un escenario era fundamental para él.
Tuve el enorme regalo que me invitara como actor, siendo su alumno, a su puesta en escena “Tartufo”, de Moliere. Trescientas sesenta funciones en el Teatro Hidalgo. Producción de Teatro de la Nación. Ahí pude ver vivamente como dirigía el maestro Ibáñez. Lo visto en clase adquiría toda una exquisitez, un acabado. Nosotros, como aprendices, veíamos la construcción para llegar a eso que ahora tenía el privilegio de vivir en escena. Ahí en ese montaje, tuve a grandes compañeros, pero había uno que yo admiraba: Claudio Obregón. Un actor de otra galaxia teatral. Ver a Claudio durante todas esas noches. Fue un regalo de los dioses y de José Luis Ibáñez.
Al terminar la instrucción con él en la UNAM. Fui su alumno en sus clases particulares que impartía en el estudio de su casa en la Colonia San Jerónimo. Los sábados de nueve a dos de la tarde. La primera hora era dedicada a leer el Quijote de Cervantes en voz alta. Las siguientes horas se veían escenas libres que se preparaban con los compañeros de clase en la semana. Ahí se revisaban. Leer “El Quijote de la Mancha” en voz alta, decía José Luis, permitía al alumno obtener una excelente dicción. Pronunciar los grandes conceptos; mover la inteligencia hacia su deducción, sentirlos y transmitirlos. Cuando no se entendían palabras, el alumno paraba la lectura y pedía el diccionario para lograr la luz. José Luis mientras tanto escuchaba y hacía una acotación. Parecía que no atendía. Estaba recortando algo o leyendo y cuando acordábamos decía: “¿Cómo?”, cuando algo sonaba disparatado en la lectura.
Contaré una anécdota fabulosa sucedida en esas clases del estudio de su casa. Un mediodía, el maestro buscaba definir lo que era un actor. Llevaba las manos a las sienes, no encontraba la definición exacta. En eso entró al estudio, que en realidad era el garaje habilitado, que daba a la calle, su gato siamés. El felino se veía que se había corrido una parranda de días. Venía todo prieto de mugre. Entró en esa actitud sumisa y cariñosa cuando los gatos buscan al amo para que les dé de comer. Maulló tiernamente, y José Luis descubriendo la imagen del enigma dijo contundente: Eso, eso es un actor. Todos soltamos la carcajada.
De él, recuerdo grandes montajes, pero referiré dos memorables para mí: “El Vestidor”, en el Teatro de los Insurgentes, con Ignacio López Tarso y Héctor Bonilla, como ejes del elenco. El otro es: “Señor Butterfly”, en el desaparecido Teatro Silvia Pinal, con Héctor Bonilla y Humberto Zurita, encabezando el numeroso reparto.
Un extraordinario maestro. Sí, con mayúsculas. De esos que no fácilmente se ven. Agradezco profundamente todo lo que este gran hombre me prodigó en vivencias y conocimiento.
Raúl Adalid Sainz, en algún lugar de México Tenochtitlan.

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